Comparto la primera parte de esta serie sobre la Universidad de Puerto Rico, publicada con motivo del primer aniversario de Plan B: Independencia. En este ensayo examino cómo la crisis de la UPR no puede entenderse aisladamente, sino como expresión de la crisis del régimen colonial y de sus transformaciones históricas. Esta primera entrega sienta las bases del análisis que continuará en la segunda parte con una propuesta de reconstrucción universitaria vinculada a una transición ordenada hacia la independencia.
(…) la idealización del pasado institucional resulta ridícula.
Mario Cancel Sepúlveda (2011)
Significaría incurrir en una apreciación errónea hasta lo absurdo considerar a la reforma universitaria como un problema de aulas y, aún así, radicar toda su importancia en los efectos que pudiera surtir exclusivamente en los círculos de cultura. Error semejante llevaría sin remedio a una solución del problema que no consultaría la realidad en que él está planteado. Digámoslo claramente entonces: la reforma universitaria es parte de una cuestión que el desarrollo material y moral de nuestra sociedad ha impuesto a raíz de la crisis (…).
José Carlos Mariátegui (2007: 112)
1. ¿Sigue siendo vigente y salvable el proyecto histórico de la Universidad de Puerto Rico?
Digamos que la respuesta inequívoca es sí.
El problema con esa afirmación es que hoy la cuestión universitaria está atravesada por una innegable contradicción: esa vigencia no existe como realidad material dada de antemano, sino como posibilidad histórica condicionada por –parafraseando a Mariátegui– la dinámica que impone “el desarrollo material y moral de nuestra sociedad”. La universidad no es un conjunto de ideas y valores superiores que determina unilateralmente la cultura de los pueblos. Las instituciones universitarias son aparatos de poder y disciplinamiento que responden a realidades materiales complejas determinadas por 1) la economía política o el modelo de producción dominante; y 2) aquellos valores morales y éticos que buscan condicionar y adaptar nuestra conducta y hábitos – sobre todo relacionados con el trabajo– a esos modelos. Lo cierto es que la Universidad de Puerto Rico (UPR) no es vigente ni funcional al proyecto necropolítico en la actual fase del régimen colonial de dependencia.
En ese sentido, la crisis de la UPR no puede entenderse como un problema aislado ni estrictamente administrativo, sino como expresión de una crisis histórica mucho más profunda: la crisis estructural del modelo colonial puertorriqueño. Sin embargo, afirmar que existe una imposibilidad estructural de “salvar” hoy la universidad no debe interpretarse de forma absoluta, mecánica o fatalista. Esa imposibilidad está siempre mediada y tensionada por el terreno de la lucha y también nos obliga a hacernos otra pregunta: ¿Qué tipo de universidad es necesaria y deseable salvar?
Sin embargo, el análisis estructural y concreto que se pueda realizar en el presente momento histórico permite identificar que las causas fundamentales de la crisis universitaria trascienden las estrechas fronteras institucionales de la propia UPR. La precarización del recurso humano de la UPR –que incluye, además, la precarización de su fuerza laboral docente y no docente, así como la de un estudiantado inmerso en un proceso avanzado de proletarización–, los recortes presupuestarios, el aumento en el costo de matrícula, la transformación de las relaciones laborales y la reconfiguración cualitativa de la educación pública responden a procesos históricos más amplios vinculados al neoliberalismo y a nuevos patrones de acumulación sostenidos por la violencia económica que impone la actual fase del régimen colonial.
¿Y cuál es la fase actual de ese régimen? Por otro lado, he descrito la fase actual del régimen colonial como un proceso renovado de acumulación primitiva. Con ello solo quiero hacer constar que: 1) nos encontramos en un periodo de transición y reconfiguración de dicho régimen en el que va emergiendo un nuevo modelo económico impulsado desde la metrópoli, una recomposición de clases, procesos de mercantilización de bienes comunes y recursos estratégicos como la tierra, el agua, las costas y el aire; y 2) que dicha fase es particularmente violenta y se caracteriza por la expulsión sistemática de los puertorriqueños de su propio país. Se trata, sin duda, de un proyecto necropolítico o de muerte, con claros elementos neofascistas y tintes de solución final, tan bien caracterizados en el infame chat de 2019: el proyecto y la fase actual del régimen colonial es la de un Puerto Rico sin puertorriqueños.
Los efectos de la crisis se reproducen en todos los ámbitos del tejido social: la colonia ya no es capaz de ofrecer las garantías, instituciones y espacios mínimos necesarios para la reproducción de la vida en Puerto Rico. Esta situación puede constatarse, particularmente, en las tendencias demográficas que describen el proceso de expulsión de puertorriqueños y puertorriqueñas del país. Esta situación afecta y genera una limitación material –no ideológica ni conceptual– que también condiciona la existencia misma de la UPR, e incluso del resto de las instituciones de educación superior privadas. En una presentación realizada en 2024 por el expresidente de la Universidad de Puerto Rico, Luis A. Ferrao, ante la Cámara de Representantes, se trazó una proyección histórica y futura según la cual la UPR habrá perdido aproximadamente el 50% de su matrícula entre 2016 y 2026. Esa misma tendencia y proyección afectan por igual a las universidades privadas del país.
En la situación actual, la UPR ya no ocupa el mismo lugar funcional que tuvo, por ejemplo, durante la etapa de semi-industrialización y expansión relativa del Estado colonial desarrollista adscrito al extinto proyecto de Manos a la Obra. Las recientes desavenencias con la administración actual de la UPR responden a esa realidad y se manifiestan como un síntoma. En efecto, el lumpen burocrático que hoy dirige la universidad, bajo la mirada y el beneplácito del Congreso de Estados Unidos a través de la Junta de Control Fiscal (JCF), se propone retrotraer la UPR a su fase primaria: al momento de su fundación en 1903, cuando se imponía en la colonia caribeña una primera fase del colonialismo estadounidense que trajo consigo profundas reconfiguraciones económicas y el disciplinamiento de un nuevo sujeto colonial acoplado a las necesidades del proyecto imperial. En ese momento, sugiere el historiador Mario Cancel Sepúlveda, la UPR se podía concebir como “un instituto que debería servir a la Nación que la autorizó y, en consecuencia, facilitar el proceso colonial reiniciado en el 1898. Su papel fue servir de caja de herramientas para el proyecto modernizador impuesto por Estados Unidos (…). La Modernización propuesta en aquellos términos, exigía un giro radical en (…) la praxis social y política”.
Y añade Cancel:
La frontera material y simbólica entre la High School americana, y la Universidad, era prácticamente nula. Hasta el 1917, momento crucial para la revisión de la relación entre los invasores y los invadidos, el requisito de ingreso para las facultades universitarias era un diploma de octavo grado. La universidad cumplía la función de una escuela preparatoria inexistente: el camino hacia la educación subgraduada, lo garantizaba las destrezas adquiridas en la escuela intermedia. La Universidad era otra forma de la High School y la situación no era sencilla. Dado que la edad de registro en el sistema escolar no estaba perfectamente controlada, aquellos chicos de intermedia que ingresaban a la Normal, tampoco se parecían a chicos del presente. Se trata de otro mundo que ha sido echado al olvido.
Es decir, la UPR, con los objetivos históricos que tuvo en las primeras fases del régimen colonial, ya no es afín a la actual etapa de crisis y subdesarrollo. Incluso cualquier asomo crítico o línea de fuga que emerja desde sus grietas, orientada hacia el hacer vivir o potenciar la reproducción de la vida, atenta contra los objetivos y propósitos de la presente fase necropolítica del régimen colonial. Justamente, el gobierno estadounidense ha anunciado recientemente que, a partir del 1 de julio de 2026, las Becas Pell podrán utilizarse para programas cortos de formación técnica y ocupacional orientados a suplir mano de obra en industrias de alta demanda, profundizando en un proceso continuo de racionalización de la educación superior. El cambio de modelo responde a la desindustrialización, pérdida de capacidad productiva y merma constante de una clase trabajadora diestra en ese país; además del declive geoestratégico de Estados Unidos en el mundo. En todo caso, los cambios en las políticas domésticas y externas responden a necesidades estructurales derivadas de la crisis estadounidense y no a las necesidades de los puertorriqueños ni, mucho menos, a un proceso de reconstrucción nacional en la Isla. La nueva política sobre las Becas Pell crea otra camisa de fuerza para la UPR.
El Puerto Rico de hoy no es ni será Hawái; en todo caso, el presente y el futuro inmediato se nos presentan como una pantomima del pasado que se parece mucho más a 1903 que a 1948, 1973 o 1981.
2. La crisis puertorriqueña como síntoma de la crisis multidimensional de Estados Unidos
La crisis estructural del régimen colonial puertorriqueño se encuentra incrustada en una crisis mucho mayor: la crisis igualmente estructural y multidimensional que enfrenta el propio capitalismo estadounidense, así como la pérdida de su hegemonía mundial. Por ello, Puerto Rico no puede entenderse como si atravesara una crisis autónoma o local, meramente marcada por la “mala administración” o la corrupción en la que operan permanentemente las élites políticas colonialistas. La crisis estadounidense forma parte de una totalidad más amplia marcada por el endeudamiento masivo, la desindustrialización, el deterioro interno de sus condiciones sociales, la emergencia de un estado autoritario y el desplazamiento creciente de recursos hacia la guerra y la competencia geopolítica global. Por tal razón, la eliminación de fondos públicos y el desmantelamiento progresivo del llamado Estado benefactor en Estados Unidos no constituyen fenómenos coyunturales ni desviaciones temporales de política pública. Se trata de un proceso histórico, estructural, bipartidista (Demócrata y Republicano) que es, hasta el momento, irreversible.
Hay que entender que Estados Unidos es actualmente el país más endeudado del mundo y que la profundización de sus conflictos internacionales y la proliferación de frentes militares responden, precisamente, a intentos de contener o gestionar su propio declive hegemónico ante la emergencia de un mundo multipolar liderado por una potencia comunista como China. En ese contexto, el gasto militar adquiere prioridad estratégica frente al gasto social, incluyendo las migajas –como parte de un intercambio desigual de valores– recibidas en su colonia caribeña. La propia solicitud récord del Pentágono de 1.5 billones de dólares para el próximo presupuesto federal —sin incluir el costo de la guerra contra Irán— demuestra una reorientación en las prioridades de ese país. La contradicción se vuelve aún más evidente cuando, al mismo tiempo, la Oficina Presupuestaria del Congreso (CBO) estima reducciones en los programas de nutrición infantil para los próximos años. Los efectos del régimen colonial de dependencia en Puerto Rico son devastadores, pues generan para los puertorriqueños una situación que arriesga convertirse en una verdadera crisis humanitaria si no se toman cartas en el asunto; sobre todo, teniendo en cuenta que la pobreza infantil en el país se ha mantenido, en años recientes, entre 56% y 58%.
3. Diagnóstico del problema: lo local no quita lo colonial
La educación pública, tanto primaria como superior, siempre dependió de un modelo económico, político y social determinado. Cuando ese modelo enfrenta su agotamiento estructural, la universidad también entra en crisis. Pero justamente ahí emerge la dimensión política del problema, con la posibilidad real, inscrita en las luchas que se van gestando, de realizar nuevos diagnósticos.
Reconocer ese desfase estructural no implica asumir el fin de la historia ni que las luchas carezcan de sentido. Precisamente, el análisis concreto de la situación concreta nos llevará a plantear todo lo contrario. La universidad es una condensación de contradicciones sociales más amplias y ha sido, y sigue siendo, un importante espacio de antagonismo político. En otro lado, he dicho, citando a Eduardo Lalo, que la UPR no es un cuerpo “inerte”. Esa formulación es importante porque desplaza cualquier lectura determinista: las estructuras condicionan profundamente nuestras capacidades para actuar y las posibilidades históricas del momento, pero no eliminan el conflicto, la contingencia ni la praxis.
Las luchas rara vez comienzan con diagnósticos totalmente elaborados. Los movimientos sociales emergen, en muchos casos, de contradicciones inmediatas o de demandas gremiales específicas. En el caso de la UPR, las huelgas estudiantiles de 2010 y 2017 surgieron inicialmente alrededor de conflictos vinculados a cuotas, recortes presupuestarios y certificaciones administrativas, pero en la dinámica misma de confrontación y la eventual organización del poder-estudiantil comenzaron a revelar contradicciones estructurales mucho más profundas relacionadas con el colonialismo, la austeridad neoliberal, eventualmente PROMESA y el papel de la JCF. Es decir, la lucha transforma también el nivel de conciencia sobre la naturaleza y diagnóstico del problema. Hoy resulta evidente que la contradicción general que representa el colonialismo en Puerto Rico se ha expuesto como la contradicción principal: es decir, como el conflicto que incide y, crecientemente, condiciona las formas e intensidad que asumen el resto de las contradicciones en Puerto Rico, incluida la crisis existencial de la UPR.
Por eso, constituye un error entender las políticas neoliberales impuestas en Puerto Rico como si fueran fenómenos autónomos o ajenos a la situación colonial. El hecho de que muchas de estas medidas adopten la forma de legislación local o “puertorriqueña” no significa que operen fuera de la estructura colonial, Todo lo contrario. Es precisamente el régimen colonial el que provee las reglas de juego, condiciona el marco de acción política y determina las condiciones estructurales bajo las cuales se organiza el modelo social y económico vigente.
Por esa razón, PROMESA, la JCF, las políticas de austeridad, las privatizaciones, los recortes presupuestarios, así como las Leyes 20 y 22 —posteriormente reorganizadas bajo la Ley 60— deben entenderse como piezas interrelacionadas en el tablero de juego que provee la lógica de gobernanza colonial. No son políticas aisladas ni simples decisiones administrativas distanciadas unas de otras. Todas interactúan dinámica y, en ocasiones, contradictoriamente— con el modelo de acumulación y dependencia impuesto sobre Puerto Rico. Pero el conjunto de piezas en el tablero, algunas con sus propias dinámicas, constituye una sola y única totalidad. Regresando a Ley 60, legislada por la legislatura colonial de turno, no puede entenderse exclusivamente como un mecanismo tecnocrático de incentivos contributivos y económicos que nació como una majadería del legislador local. La Ley 60 está vinculada a procesos más amplios de desplazamiento y desaparición de comunidades, extracción de la riqueza socialmente producida, especulación inmobiliaria, reconfiguración demográfica y territorial que responden a la fase actual del modelo colonial.
Ciertamente, PROMESA hace visible, de forma particularmente cruda, esa estructura de subordinación. La imposición de una JCF con poderes sobre las instituciones del extinto Estado Libre Asociado resquebrajó cualquier ilusión de relativa autonomía, al evidenciar que la soberanía última reside fuera de Puerto Rico y que las decisiones económicas y políticas fundamentales responden a intereses externos vinculados a Washington y Wall Street. Pero esa subordinación no comenzó con PROMESA: esta ley congresional expuso y profundizó mecanismos históricos que ya operaban bajo el régimen colonial, articulándose con todo el andamiaje de austeridad, privatización y desmantelamiento existente previo a 2016. De hecho, en relación con la UPR, cuando la JCF llegó en 2016, simplemente se dedicó a amplificar e intensificar las políticas de privatización, precarización y reducción del gasto público de manera aún más dramática. En la UPR se tradujo en lo siguiente: 1) el costo de la matrícula aumentó significativamente, alcanzando un aumento de hasta 175%; y 2) se impuso un ajuste presupuestario que alcanzaría los 550 millones de dólares, lo que representó un recorte de más del 50% de su presupuesto público. Se podría decir que PROMESA no inventó nada, pero sí ha establecido hasta el sol de hoy una especie –parafraseando a Max Weber– de jaula de hierro que demuestra cómo la actual crisis puertorriqueña se entrelaza con el dominio estadounidense en la Isla.
4. La Universidad de Puerto Rico en la jaula de hierro
Specialists without spirit, sensualists without heart; this nullity imagines that it has attained a level of civilization never before achieved.
Max Weber citando a Goethe (2001: 124)
Vale recalcar, que los recortes presupuestarios para la UPR han sido acompañados por la corporatización de su burocracia administrativa unido a las privatizaciones internas de sus servicios (como las comunicaciones, propiedad intelectual y seguridad), transformaciones significativas en las relaciones contractuales y laborales con el personal docente (un esquema laboral sin garantías, beneficios marginales y bajos salarios), e incluso un cambio en la relación estudiante-universidad: 1) en la que el estudiante es concebido –como estableció el Tribunal Supremo de Puerto Rico en UPR v. Laborde (2010)– meramente como un cliente cuyo vínculo con la universidad se reduce a una relación económica y contractual; y 2) convierte a la UPR –para tomar una idea de Noemí Rivera Acevedo– en una institución voraz que somete al estudiantado a una creciente proletarización y empobrecimiento debido a los altos costos para estudiar en ella.
La UPR está atrapada en una jaula de hierro. El desfase estructural no implica su desaparición como aparato de Estado, pero sí su transformación o, mejor dicho, su involución (actualmente en curso: universidad sin espíritu, docencia y estudiantado sin corazón). No somos inocentes: la actual fase necropolítica del régimen colonial, ese proceso que nos lleva al Puerto Rico sin puertorriqueños, no se desprenderá de la UPR en su totalidad. En realidad busca retrotraerla a un escenario análogo al de 1903 y sumarla a otros aparatos del estado colonial para reconfigurar el alma del puertorriqueño y –retomando a Mario Cancel Sepúlveda– provocar el giro radical en la praxis social y política que exige un modelo económico colonial y depredador que no responde a nuestras necesidades e intereses como nación, sino que nos quiere, ya sea como siervos o como expulsados, de nuestro propio país.
En ese sentido, la contradicción actual es brutal. La vigencia de ciertos principios universitarios y educativos, que repetimos como eslóganes, ya no necesariamente existe como realidad material. En todo caso, su vigencia subsiste hoy día también como deseo, reivindicación y aspiración histórica que tendrá que ser reconstruida políticamente. La defensa de la universidad deja entonces de ser únicamente una lucha por preservar una institución existente y pasa a formar parte de una lucha más amplia que busca la refundación de Puerto Rico.
La vigencia –para invocar de nuevo a Mariátegui (2007)– de una universidad de carácter popular deberá surgir de la contradicción actual y de la lucha por construir, mediante el ejercicio pleno de la soberanía política y la independencia, un modelo de desarrollo capaz de dar paso a una UPR que esté al servicio de un nuevo proyecto de nación.
Referencias
Cancel Sepúlveda, M. (2011, enero 26). La Universidad y la Generación del 30: ¿una historia del presente? (Primera parte). Puerto Rico entre siglos: Historiografía y cultura. https://puertoricoentresiglos.wordpress.com/2011/01/26/la-universidad-y-la-generacion-del-30-1/
Eduardo Lalo citado en Pérez Lizasuain, C. (2025). La crisis de la Universidad de Puerto Rico, la educación neoliberal y la metacrisis puertorriqueña. Revista de Estudos AntiUtilitaristas e PosColoniais, 15(2)
Pérez Lizasuain, C. (2025). La crisis de la Universidad de Puerto Rico, la educación neoliberal y la metacrisis puertorriqueña. Revista de Estudos AntiUtilitaristas e PosColoniais, 15(2)
Rivera Acevedo, N. (2022). Precarización laboral en instituciones voraces a través del trabajo en línea. Programa de Estudios de Honor, Universidad de Puerto Rico.
Weber, M. (2001). The Protestant Ethic and the Spirit of Capitalism. Routledge Classics.
*El autor es miembro de la Junta Directiva de Plan B: Independencia y Catedrático Auxiliar en la Universidad de Puerto Rico.
