Irán y Estados Unidos: nuevo paradigma de respuesta en el orden multiploar

La operación especial rusa iniciada en 2022, contra la amenaza y provocación estadounidense en Ucrania, estableció un nuevo paradigma de acción en el escenario internacional. La provocación constante de Estados Unidos, particularmente a partir del Maidán en 2014, al oriente de Europa estableciendo un cerco de desestabilización en la región, encontró esa vez una respuesta contundente por parte de Rusia. Se trató de la primera respuesta frontal que enfrenta Estados Unidos ante una potencia mundial luego de la caída de la Unión Soviética.

Las agresiones imperialistas de Estados Unidos ya no gozan de la impunidad que tuvieron durante las primeras tres décadas de la postguerra fría. Se trata de un nuevo paradigma que muy probablemente describa el periodo transicional y de reconfiguración geopolítica: ya no estamos en los años noventa, cuando el injerencismo y la violencia imperial estadounidense alcanzaron su mayor poder arrasando con sociedades enteras, trasformando fronteras, protegiendo su burguesía y empresas trasnacionales, creando circuitos de dependencia y sobreexplotación o derrocando gobiernos sin pagar un precio real. El nuevo orden multipolar se rige por otra lógica: sin duda, el imperio puede atacar, pero ahora se expone también a recibir de vuelta la misma violencia que exporta. Cada movimiento en falso, cada acción injerencista, por la fuerza o el chantaje económico, encontrará respuesta desde polos alternativos de poder: el caso más concreto China en el ámbito económico; mientras que en el campo militar ha sido Rusia quien en el 2022 abrió la puerta en la que Irán, en la actualidad, ha decidido entrar para defenderse. El mundo sólido y sacro del unipolarismo se disuelve en el aire.

Creo que tanto la operación de Hamas en 2023 como la respuesta directa de Irán en 2025 refuerzan la tesis de este nuevo paradigma. “Lo indudable es que el mundo ya no es el de la invasión de Iraq a principios de siglo y que el nuevo orden internacional encabezado por China, Rusia y sus socios y aliados ya es inexorable. La globalización capitalista impuesta por EE.UU. y sus satélites ha dado sus últimas bocanadas en menos de tres décadas”, ha dicho Paco Arnau, analista de geopolítica y medios.

Y si bien es cierto que la respuesta de Irán a la agresión estadounidense aún no ha pasado de ser una declaración de propósito, debemos comprender la estructura del cambio paradigmático: Israel es el principal satélite armado del imperialismo estadounidense en Medio Oriente, que ha perdido su aura de invencibilidad y que ya no puede operar con impunidad. Ha quedado demostrado que su supervivencia material, existencial y estratégica depende por completo del respaldo de Washington. Su superioridad militar y arrogancia genocida ya no garantizan su estabilidad y existencia.

Se trata de una revelación que ya algunos medios y analistas esbozan: Israel es vulnerable, pequeño, y no puede librar, por sus propios fueros, una guerra total frente a otra potencia militar sin el sostén imperial. Ciertamente, el cambio paradigmático encierra un peligro: Israel, que es una potencia nuclear sostenida por otra potencia en decadencia como Estados Unidos, pueden verse arrinconadas y desplegar una violencia inimaginable como los estados canallas que son. Parafraseando a Aimé Césaire en su Ensayo sobre el Colonialismo: la tragedia de todo imperio “que se muestra incapaz de resolver los problemas que suscita su funcionamiento”, demuestra que está una etapa “decadente”. Es por ello que se torna más violento tanto fuera de sus fronteras como para sus adentros (lo que explica su deriva autoritaria en el plano interno y la violencia sostenida e institucionalizada, con visos racistas y de la mano del nacionalismo cristiano, contra la amplia y diversa clase trabajadora estadounidense).

De ahí que hablemos de una doble condición: debilidad y peligro al mismo tiempo. Ya lo advertía Fidel Castro en varias de sus reflexiones en el verano de 2010, particularmente la del 4 de julio titulada La felicidad imposible, en la que criticaba las crecientes presiones económicas y militares de Estados Unidos e Israel contra Irán. Sobre todo, destacaba Fidel Castro, los riesgos inminentes que significaban en ese momento las agresiones imperialistas (una guerra nuclear) y la certeza de que Irán, con todo derecho, respondería la agresión. Decía Castro sobre lo que consideraba era un seguro enfrentamiento entre Estados Unidos e Irán:

Ninguna de las dos partes cederá; una, por el orgullo de los poderosos, y otra, por la resistencia al yugo y la capacidad para combatir, como ha ocurrido tantas veces en la historia del hombre. El pueblo de Irán, una nación de milenarias tradiciones culturales, se defenderá sin duda alguna de los agresores. Es incomprensible que Obama crea seriamente que se plegará a sus exigencias. El Presidente de ese país y sus líderes religiosos, inspirados en la Revolución Islámica de Ruhollah Jomeini, creador de los Guardianes de la Revolución, las Fuerzas Armadas modernas y el nuevo estado de Irán, resistirán.

En la reflexión del 11 de julio titulada El origen de las guerras, retomaba el tema y añadía: “En el caso que nos ocupa; una de [las partes en el conflicto] defiende intereses nacionales, absolutamente justos. La otra persigue propósitos bastardos y groseros intereses materiales”. Y remata diciendo: “Si se analizan todas las guerras que han tenido lugar a partir de la historia conocida de nuestra especie, una de ellas ha buscado esos objetivos. Son absolutamente vanas las ilusiones de que, en esta ocasión, tales objetivos se alcanzarán sin la más terrible de todas las guerras (énfasis mío)”. Por tanto, es probable que lo que observamos desde 2022 (y antes) no sean simples destellos esporádicos o espontáneos. Se trata de una transformación paradigmática y estructural del orden mundial, de cambios materiales en la dinámica centro-periferia del sistema mundo capitalista, y donde las respuestas ya no son (ya no pueden ser, en realidad) silenciosas ni simbólicas (no me olvido de China). Estamos en guerra. O mejor, como sostiene Javier Ferrero en el medio Spanish Revolution: “La guerra ha vuelto. Pero nunca se fue. Solo cambió de forma”.

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