El Malestar en la Colonia: Metacrisis, Alianza y la Mala Educación 

El método de la grieta es el método de la crisis… 

John Holloway, Agrietar el Capitalismo (2011) 

En el principio era la Crisis 

En los últimos años la política puertorriqueña ha experimentado una serie de transformaciones que reflejan el agotamiento del modelo colonial (lo que llamaremos más adelante una metacrisis). Sin embargo, como toda crisis, y el estado de incertidumbre que trae, también viene acompañado con la apertura de grietas sistémicas, y con ellas un abanico de posibilidades, contradicciones y oportunidades, que podrían hacer andar la pesada rueda de la Historia nuevamente. 

Por primera vez en la historia política puertorriqueña, el independentismo electoral – representado en la candidatura de Juan Dalmau Ramírez del Partido Independentista Puertorriqueño (PIP) en alianza con el Movimiento Victoria Ciudadana (MVC) – cuenta con posibilidades reales de ganar la gobernación colonial. El hecho ha generado esperanzas no solo dentro de los independentismos y las izquierdas, sino también en amplios sectores de la sociedad puertorriqueña que han encontrado en la figura de Dalmau un medio por el cual instrumentalizar el deseo de superar al bipartidismo o Régimen del 68’.  

Ahora bien, las oportunidades que se presentan en la coyuntura actual van a depender de una lectura y análisis concreto de la situación concreta. Parafraseando al sociólogo John Holloway, en el principio fue la crisis. Una crisis (situación concreta) que en nuestro caso se nos presenta como una doble negación: como la negación de nuestra libertad social y política que se articula desde los dispositivos de poder coloniales (que incluye al bipartidismo); y como la negación, malestar o rechazo social generalizado que comienza a ser mayoritario en el país. 

La metacrisis puertorriqueña o el estado de guerra permanente 

[When] The very crisis is in a crisis: we are stuck into a metacrisis. 

Albena Azmanova, Anti-Capital in the 21st Century (2020) 

La crisis contemporánea del régimen colonial se nos presenta como una metacrisis. Nos referimos por el término de metacrisis a una crisis que entra en su propia crisis. Las metacrisis generan un estado de incertidumbre permanente mientras que la inestabilidad social y económica imposibilita que se vea en el horizonte una solución próxima o incluso un retorno a las condiciones previas a la crisis. La metacrisis expande indefinidamente el presente, una especie de eterno retorno de lo mismo, lo que lleva – sugiere Albena Azmanova – a que las sociedades se conformen con las opciones políticas que solamente proponen una mera gestión de crisis en lugar de superar las causas que la provocan. 

La metacrisis puertorriqueña está cimentada en dos crisis preexistentes: se trata del contexto económico-colonial marcado por la desindustrialización y la crisis estructural del modelo de desarrollo impulsado por el PPD con “Operación Manos a la Obra”. La desindustrialización también significó la transición hacia un nuevo esquema de desarrollo económico, que profundizó la dependencia económica y el endeudamiento de Puerto Rico, siempre subordinado al capital estadounidense. Durante este periodo, Puerto Rico perdió sus ventajas competitivas mientras otros países de la región consolidaron acuerdos de libre comercio con Estados Unidos, generando un impacto significativo. Nótese que la primera crisis del ELA culmina con la hegemonía del PPD y el segundo modelo a partir de los años 70’s marca el inicio del llamado bipartidismo o Régimen del 68’ con el ascenso del PNP y la alternancia con el PPD hasta el día de hoy. Como sugiere Edgardo Meléndez Vélez, desde entonces, el bipartidismo – especialmente el PNP – impulsó sectores económicos más allá de la manufactura, priorizando sectores como la alta tecnología y los servicios (definidos como finanzas, comercio, investigación, comunicación y transportación), respaldados por incentivos estatales y exenciones contributivas.  

No son modelos o crisis consecutivas en términos estrictamente cronológicos, no replicamos ningún tipo de determinismo. Los modelos económicos coloniales, y sus subsecuentes crisis, interactúan dialécticamente entre sí, son interdependientes y se constituyen una a la otra articulando, de ese modo, la actual metacrisis puertorriqueña. La articulación coetánea y dialéctica de estas crisis fueron clave para el surgimiento de lo que José Atiles Osoria llama neoliberalismo colonial, el cual también fue suscrito por el PPD. La recomposición económica bajo estas nuevas condiciones incluyó el desmantelamiento de nuestro débil estado benefactor (diseñado alrededor del periodo de industrialización), la destrucción de empleos, la perpetuación de una mano de obra barata y una de las tasas de participación laboral más bajas del mundo (40% en 2015, según el Banco Mundial). 

En lo que va del siglo XXI, se ha expuesto la crudeza de la violencia colonial en Puerto Rico, especialmente en sus dimensiones económicas, políticas y simbólicas. El punto culminante en el recrudecimiento de la violencia colonial se dio tras la aprobación de la Ley PROMESA en 2016 por parte del Congreso de Estados Unidos, que impuso una Junta de Control Fiscal (JCF) y un tribunal especial presidido por Taylor Swain, una funcionaria demócrata y jueza del Tribunal del Distrito Sur de Nueva York (ciudad sede de los principales acreedores del Gobierno de Puerto Rico). Estas medidas han favorecido los intereses del sector financiero estadounidense y han suspendido de facto la Constitución de Puerto Rico de 1952; haciendo inoperantes su Rama Legislativa y la Ejecutiva. PROMESA, junto con la decisión del Tribunal Supremo de Estados Unidos en Puerto Rico v. Sánchez Valle (2016), reafirman que la soberanía sobre Puerto Rico reside en los “poderes plenarios” del Congreso de Estados Unidos y que la fuente última de la que emana este poder se sustenta en el Tratado de París de 1898, por el cual se cedió el archipiélago tras finalizar la Guerra Hispanoamericana. Este tratado, de fondo, es la juridificación de un acto de fuerza, como lo es la guerra, que tuvo el efecto de fundar una nueva entidad política-colonial supeditada a los intereses económicos y geopolíticos de Estados Unidos. 

No mencionamos ingenuamente este caso ni la referencia que hace sobre la Guerra Hispanoamericana y el Tratado de París. Hoy día, la metacrisis del modelo colonial se refleja en una situación económica comparable a la de países en guerra. La literatura sobre este tema ofrece algunos datos macroeconómicos consistentes con países o sociedades enfrentando guerras civiles o externas con indicadores como lo son el decrecimiento, inflación, desempleo, deterioro de infraestructuras, exceso de muertes, pobreza generalizada y crisis humanitaria. Enumeremos algunos de estos elementos aplicados al caso de Puerto Rico: 

  1. El Fondo Monetario Internacional (FMI) ha pronosticado un decrecimiento económico del -0.2% en Puerto Rico. De este modo, se une Puerto Rico a Haití, otro país intervenido por el imperialismo occidental que enfrenta una oleada de violencia interna importante, como las únicas economías regionales en retroceso.  
  1. Durante la metacrisis se ha registrado un marcado aumento en las ejecuciones hipotecarias. En 2016 hubo un aumento del 21.6% en comparación al 2015, siendo en ese momento el más alto en una década. 
  1. Un estudio presentado por el Instituto de Desarrollo de la Juventud sugiere que en Puerto Rico un 57% de los menores de edad viven bajo el nivel de pobreza.  
  1. Otro estudio reciente del Centro para la Nueva Economía (CNE) asegura que un 47% de los hogares en el país enfrentan dificultades económicas o financieras. En términos demográficos, tanto los jóvenes de 18 a 29 años (toda la generación nacida bajo la metacrisis del modelo colonial en las últimas dos décadas) como las mujeres son los grupos más afectados y vulnerables. 
  1. Este mismo informe destaca que muchos hogares con ingresos de $25,000 al año, gastan más de lo que generan, y que los programas federales han sido insuficientes para reducir la pobreza
  1. Decrecimiento poblacional a un ritmo anual del -1.3% según los datos del Banco Mundial
  1. Se ha confirmado en años recientes un exceso de muertes prevenibles, de las que un 40% están vinculadas a enfermedades crónicas gestionadas de forma inadecuada, lo que pone de manifiesto la crisis del sistema de salud y el fracaso de su privatización. 
  1. En datos sobre la canasta básica y la inflación, en parte inducida por las decisiones de la Reserva Federal, el costo relacionado a la atención médica registró un aumento del 3.8%, en adición al 6.5% que experimentan los servicios hospitalarios. Para alimentos y bebidas, la inflación se ubica en el 3.4%, incluyendo un 5.5% de alimentos procesados consumidos fuera del hogar. 
  1. La migración puertorriqueña hacia los Estados Unidos ha sido, una vez más, sistemática o por diseño. En 2022,  más de 5  millones de puertorriqueños vivían en los Estados Unidos en contraste con los 3 millones que aún viven en el país.  

¿A qué apuntan estas estadísticas? ¿Qué nos dice esta economía política de guerra? ¿Qué datos puede ofrecer sobre la naturaleza de la crisis puertorriqueña? La metacrisis en Puerto Rico puede entenderse como un proceso de acumulación originaria. Por acumulación originaria, aplicado al caso puertorriqueño, nos referimos a un proceso con múltiples variantes que incluyen aspectos sociales, culturales y políticos sobre la base de una transformación material: la reconfiguración del modelo económico-colonial. Este concepto lo utilizó Marx para explicar las etapas históricas y procesos en que el capitalismo debe forzar e imponer violentamente – mediante la guerra si fuera necesario – nuevas relaciones de producción. Usualmente se le asocia con una etapa previa, pero constitutiva, del capitalismo que se venía desarrollando en Europa desde el siglo XVII o incluso con el periodo de la conquista y explotación de mano de obra y materia prima desde la periferia del sistema mundo capitalista. Sin embargo, como sugiere Silvia Federici, la acumulación originaria no es una mera etapa histórica que preparó las condiciones sociales y económicas que hicieron posible el desarrollo temprano del capitalismo. La llamada acumulación originaria es, en todo caso, un elemento constitutivo, esencial, actual y permanente del modo de producción capitalista. Como se ha observado sobre todo en el Sur Global, y hace notar el análisis de Federici, estos procesos no solo conllevan el empleo de una violencia feroz que destruye las fuerzas de producción de sociedades enteras, sino que también el proceso incluye la destrucción de sujetos y prácticas sociales que no le son de utilidad a los nuevos esquemas de explotación y acumulación de riquezas que reemplazan los modelos económicos que les preceden. En ese sentido, y para decirlo de otro modo, la acumulación originaria es un proceso violento que busca: 1) Imponer nuevos esquemas de explotación, sobreexplotación, expropiación y acumulación de riquezas dentro del mismo modo de producción capitalista; 2) Destruir aquellas prácticas sociales que no sean de utilidad al nuevo modelo; y 3) (Re)disciplinar y crear un nuevo sujeto social. En nuestro caso se trata de un rediseño completo del alma, cuerpo y psiquis del puertorriqueño

Esta transición hacia un nuevo modelo económico-colonial profundiza y normaliza la metacrisis pues es la condición sine qua non para su existencia y efectividad. En esta etapa, la principal actividad económica no es ni será necesariamente productiva, sino extractiva: saqueo, expropiación y explotación de recursos naturales (costas, fuentes de agua, biodiversidad, desplazamiento de comunidades enteras, acaparamiento de grandes extensiones de tierras fértiles, la especulación inmobiliaria y el uso del país como paraíso fiscal para individuos o extranjeros protegidos por las leyes 20 y 22); mientras (re)disciplina el recurso humano o la mano de obra puertorriqueña – de ahí el desmantelamiento de la educación primaria y superior públicas – alrededor de las necesidades del modelo económico que se impone, no de nuestras necesidades vitales. Solo un dato basta para corroborar la cualidad extractivista presente y futura del nuevo modelo económico-colonial: la industria del turismo ha sido el sector económico de mayor crecimiento en Puerto Rico en los últimos cinco años. Esto incluye la llegada de más de 6.1 millones de pasajeros al Aeropuerto Internacional Luis Muñoz Marín y la generación histórica de 9,800 millones de dólares en ingresos por la actividad turística en 2023, un 13% más que el año anterior (2022).  

El malestar en la colonia: el fenómeno electoral entre 2016-2024 

Los asuntos electorales no pueden ser utilizados instrumental y exclusivamente para leer la situación concreta en la que nos encontramos o cómo ha cambiado la subjetividad política de las personas en este periodo de metacrisis. Pero sí pensamos que son parte de un rompecabezas más amplio y que la dinámica que observamos desde 2016 puede ofrecer algunas pistas. La campaña electoral para las elecciones de 2016 fue clave porque recogió, en parte, las insatisfacciones con el PPD y el PNP, pues estos partidos habían perdido la capacidad de representar a amplios sectores de la sociedad. De ahí el surgimiento de figuras mediáticas – como los empresarios neoliberales Manuel Cidre y Alexandra Lúgaro – que recibieron un significativo respaldo electoral siendo candidatos no afiliados a los tres partidos tradicionales. Ambas candidaturas, pero en especial la de Lúgaro, levantó un marcado entusiasmo de los sectores juveniles descontentos con la “política tradicional”, a pesar de que sus propuestas no se diferenciaban significativamente de las del bipartidismo.  

Hay que destacar el reducido respaldo que recibieron en esas elecciones las candidaturas a la gobernación de María de Lourdes Santiago y Rafael Bernabe, ambos con caras y carreras reconocidas en el ruedo político. Estas candidaturas, con sus propias contradicciones, intentaron articular una propuesta rupturista con el Régimen del 68’ y sus políticas neoliberales. El poco respaldo se puede explicar, entre otras cosas, porque se trató de una campaña marcada por la discusión y aprobación de la Ley PROMESA y su Junta de Control Fiscal que, al momento de su imposición, gozaba con cierto respaldo popular en la medida en que fue justificada y presentaba como una manera de castigar la clase política del país. Notoriamente, esta fue la campaña pipiola que popularizó la consigna “A la Junta ni un vaso de agua”, articulada por Santiago en un debate televisivo, que mejor pudo articular una respuesta contestataria a la intensificación de la violencia colonial y a la primera década de crisis (desde 2006). De todos modos, en ambos casos, sus candidaturas presentaron propuestas políticas con un paquete de medidas antineoliberales y, en el caso de Santiago, elementos imperativos que debería contener cualquier proyecto anticolonial e independentista. Otro dato importante de 2016 se centra en la constatación de un rasgo propio de la metacrisis y sus efectos políticos: el fenómeno abstencionista en el país. Según un estudio publicado por la Universidad de Puerto Rico, ya entre 2008 y 2012 se registraba un aumento de la abstención electoral: un 34% para ambos eventos. Mientras que para el 2016 la abstención ya alcanzaba el 42%. 

Tras el paso de los huracanes Irma y María, se inauguró en Puerto Rico un nuevo ciclo político que tuvo como epicentro el Verano de 2019. Si bien el Verano de 2019 fue resultado de un cúmulo de situaciones durante la administración de Ricardo Rosselló, lo cierto es que el evento catalizó el malestar político acumulado durante las primeras décadas del siglo XXI; desde la lucha para la expulsión de la Marina de Guerra de los Estados Unidos de Vieques; el  asesinato de Filiberto Ojeda Ríos en 2005; la fallida consulta sobre la unicameralidad en 2005; la huelga de la Federación de Maestros de Puerto Rico en respuesta a las políticas neoliberales del gobierno de Aníbal Acevedo Vilá en 2008; la lucha contra la Ley 7 y el paquete de austeridad fiscal y precarización durante la administración de Luis Fortuño; así como las distintas huelgas estudiantiles de la Universidad de Puerto Rico entre 2010 y 2017; hasta llegar a 2019. Aquel estado de rebelión contra la administración de Ricardo Rosselló abrió un espacio político para la refundación del país. Sin embargo, el conjunto del independentismo y de las izquierdas en Puerto Rico no pudieron responder al momento. El efímero verano dejó al descubierto algunas debilidades de los independentismos y las izquierdas puertorriqueñas, que fueron incapaces de conducir aquel estallido social hacia un verdadero proceso constituyente que planteara una urgente refundación del país. Se confirmó, de ese modo, que existía (y aún persiste) una crisis de dirección y organización política (ausencia de vanguardia) en el que los partidos de oposición apuestan a la espontaneidad. No en balde, el Verano de 2019 reveló una grieta sistémica en el modelo colonial y en la misma metacrisis a partir de la cual se profundiza la ruptura (subjetiva) con viejos consensos políticos mientras que, al mismo tiempo, se abrió – parafraseando a Gramsci – una especie de interregno en el que lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no termina de nacer. El interregno supone que no hay hegemonía, de manera que surgen diversos actores que luchan entre sí para llenar el vacío ideológico que deja la muerte de viejos consensos. Pero una cosa quedaba clara en ese estallido de 2019: el interregno y las grietas que se vislumbraban en la misma metacrisis, preparaban el terreno para radicalizar la oferta política y los discursos que buscan apalabrar el malestar político. La derecha puertorriqueña lo comprendió bien. Por esta razón, no es casual que el único proyecto político que emanó del Verano de 2019 sea Proyecto Dignidad. 

A partir de las elecciones del 2020, la crisis del Régimen del 68’ se hizo mucho más evidente y se presentaba como una manifestación de la crisis estructural o metacrisis. Los resultados de la contienda electoral expresaron un malestar en la colonia que se pueden categorizar de tres formas: 1) La pendiente ya marcada por el abstencionismo en esta ocasión alcanzaba casi un 50% del electorado y marca el desafecto y desconfianza de las mayorías en la política como medio para canalizar los dolorosos conflictos y contradicciones que se generan en la metacrisis; 2) El histórico resultado del PIP y Juan Dalmau logrando el 14% de los votos emitidos, el segundo mejor resultado del  PIP desde las elecciones 1952, cuando el partido se convirtió en la segunda fuerza electoral del país; y 3) PIP, MVC y PD obtuvieron un respaldo de forma combinada de aproximadamente 35%; en contraste con el 32% de Pedro Pierluisi, vencedor del evento. 

Mientras Alexandra Lúgaro alcanzaba un techo electoral del 14 % (el mismo resultado que obtuvo en 2016), en 2020 parecía claro que Dalmau ganaba popularidad y se colocaba a las puertas de ser el candidato con más probabilidad para derrotar al bipartidismo en las elecciones de 2024. La popularidad y auge de Dalmau, bajo la marca de Patria Nueva, desemboca en una alianza con MVC en el que se acuerda respaldar la candidatura del primero a la gobernación. Alianza de País, como denominan la fusión entre estos dos partidos, es un bloque político que funciona como una organización sombrilla que aglutina también a diversos sectores de izquierda, anexionistas, progresistas, feministas, sindicalistas y otros que buscan una ruptura con los partidos tradicionales, pero no necesariamente comparten un compromiso con la independencia.

La “mala educación” y la campaña electoral aliancista 

Nuestro deber es ayudar a que las masas adquieran conciencia de ese espíritu, profundizarlo y darle forma. 

V. I. Lenin, El Socialismo y la Guerra (1914) 

Más allá de la conformación de la Alianza, creemos que el resultado que obtuvo Dalmau no es causa exclusiva del malestar social o de la búsqueda espontánea de un administrador o tecnócrata para que ponga la casa en orden. También postulamos que este resultado constata que en la última década ha habido un crecimiento sostenido del independentismo; como bien pudo validar la reciente encuesta de El Nuevo Día que registra un respaldo histórico para la independencia de aproximadamente 20%. Estas son algunas señales que apuntan a una oportunidad única y coyuntural para fomentar una transformación en la subjetividad política de un pueblo que lleva mucho tiempo sumido en la alienación y en el maniqueísmo del mundo colonial que describe Frantz Fanon. 

Sin embargo, las oportunidades que se van asomando en las contradicciones y grietas de la misma metacrisis no han sido acuñadas o asumidas por la campaña electoral del candidato independentista como variables importantes a la hora de construir poder social y hacer política de cara al futuro. Desde nuestra perspectiva, y muy a nuestro pesar, la campaña del PIP y Juan Dalmau ha sufrido una especie de involución. Las campañas políticas, sobre todo hoy, son casi totalmente comunicativas. Las mismas pueden proponer diálogos o meramente entablar desde arriba una comunicación unidireccional a fuerza de sondeos, encuestas de opinión o simplemente responder a la sociedad del espectáculo. De todas formas, en sus dinámicas se desarrollan lenguajes y categorías que buscan significar un momento dado, como una especie de fotografía circunstancial. Hay cierta pedagogía en una campaña política y cierto poder cuando enuncia y transmite un mensaje. En ese sentido, consideramos que la campaña política aliancista ha dejado mucho que desear y se ha insertado en la dinámica de lo que llamamos una mala educación. Enumeramos algunas de sus contradicciones: 

  1. Dalmau y su campaña han moderado, por no decir desaparecido, el discurso independentista y las líneas anticoloniales que mantuvo en 2020. Los líderes del partido repiten una y otra vez que basta con que la “palabra independencia esté en el nombre del partido”, como si se tratara de llevar una pesada cruz.
  1. En la medida en que se profundiza este discurso y se insiste que nuestros problemas son de carácter puramente endémicos, en que el imperialismo y colonialismo estadounidense no tendrían mucho que ver, se ve comprometida la posibilidad de confrontar las raíces coloniales de la crisis y se fomenta el regreso o reconfiguración del viejo consenso colonial.  
  1. Relacionado al punto anterior, se nos hace interesante la manera en que durante las últimas semanas tanto Dalmau como su campaña mediática han hecho el uso constante del verbo “bregar”. Se ha utilizado en el sentido que Muñoz Marín lo articulaba en 1948 en un discurso titulado como “La verdad sencilla sobre el status político”. La misma implica que hay que “bregar” primero con la limpieza de la casa, con poner la casa en orden, antes de adentrarse en la supuesta dimensión “abstracta” de la descolonización y libertad política (o independencia). La retórica muñocista estaba enmarcada en su definitiva ruptura con el Congreso Pro-Independencia y con su disposición y cercanía al gobierno estadounidense. 
  1. La Alianza de País solo ha apuntado al bipartidismo como su principal enemigo y a la tecnocracia y sana administración como objetivo principal de un hipotético gobierno, obviando la cada vez más limitada autonomía fiscal y política que el Congreso de Estados Unidos sigue imponiendo. 
  1. Ante la previsible campaña de miedo, Dalmau y la Alianza han intentado desvincularse de toda señal que los vincule al socialismo y la izquierda latinoamericana; esta última históricamente solidaria con la independencia de Puerto Rico.  
  1. De ahí se ha dado un preocupante acercamiento al Partido Demócrata mientras se han sumado al discurso anticomunista (“Red Scare”) promovido por la derecha local y estadounidense. Esto ha llevado al candidato del PIP a asumir y amplificar el discurso del Departamento de Estado de Estados Unidos, criticando a los gobiernos de Nicaragua, difundir los bulos sobre la elección en Venezuela y sentirse en la necesidad de replicar la obsesión demócrata contra Rusia y el presidente Putin. 
  1. En este mismo contexto, reiteradamente el candidato a la gobernación por la Alianza ha validado su preferencia por la economía de “libre mercado”. 
  1. El acercamiento al Partido Demócrata era uno de los riesgos claros a la hora de consolidar la llamada Alianza con MVC. La fundación y financiamiento de ese partido son muy cercanas a un sector de de los demócratas en la metrópoli.  
  1. Esto explica: a) La preocupante cercanía y declaración de adhesión de Ana Irma Rivera Lassen, la número dos en la Alianza, al Partido Demócrata, congresistas y figuras sionistas de ese partido que respaldan al Estado de Israel y que reciben dinero del AIPAC. A esto se suma el respaldo económico de varios PAC’s demócratas a su campaña; y b) Los endosos de Alexandria Ocasio Cortez y Nydia Velázquez (promotora de PROMESA). 
  1. En materia de propuestas y medidas antineoliberales, también se ha observado cierta moderación en comparación al 2020. Particularmente el cambio de postura en cuanto al contrato otorgado a LUMA, supeditando, en un momento dado, el mismo a métricas de cumplimiento. Aunque en la actualidad su promesa es para cancelarlo, no ha habido mucho énfasis en la imperiosa tarea de recuperar el medio de producción más importante para el país (la Autoridad de Energía Eléctrica) ni de devolver toda su fuerza de trabajo a sus puestos para atender la emergencia del sistema energético (hoy a punto de sufrir un “evento catastrófico”). Esto se compagina con una confusa propuesta en materia de salud en la que tanto el candidato como el partido no se comprometen con articular concretamente una propuesta para nacionalizar el sistema que fue privatizado en la década de los 90’s.
  1. A todo eso se suma la adopción del discurso neoliberal sobre la “meritocracia” como forma de contrarrestar la supuesta ineficiencia gubernamental.  

No somos ingenuos: es cierto que, dada la crudeza de la metacrisis y el aún prevaleciente imaginario colonial de la dependencia, una campaña electoral no puede girar únicamente en torno a la independencia. Sin embargo, también es cierto que la coyuntura actual hace más visible los problemas y contradicciones de la colonia y lo imperativo de la construcción de un proyecto de transición hacia la independencia nacional que atienda de forma estructural una crisis estructural. Por lo descrito anteriormente, insistimos que vivimos en una coyuntura favorable para impulsar posturas políticas claramente anticoloniales y profundizar en la contradicción latente entre la Junta de Control Fiscal y las necesidades materiales de las mayorías sociales en Puerto Rico. Incluyendo, la responsabilidad primaria que tiene el Congreso de Estados Unidos y su brazo ejecutivo en la colonia, la Junta de Control Fiscal, en la otorgación del contrato de LUMA (Quanta Services, empresa matriz de la primera, estuvo cabildeando en el Congreso para obtener el contrato y los fondos de reconstrucción). Es decir, entre las grietas sistémicas se va abriendo un espacio político para al menos dos cosas: 1) Reconocer las líneas de fuga (darle alas, no retrasarlas con mensajes mixtos, anacrónicos o contradictorios) y la conformación paulatina, pero efectiva, empírica, visible, de una nueva subjetividad política que se abre paso; 2) Acentuar las líneas confrontacionales (que permitan crear una especie de crisis verdadera [1], tal cual la tesis albizuísta). 

La reiteración de Dalmau y de la Alianza de País de que “el status no está en issue” y que un voto por la Alianza no implica un voto por la independencia prueba lo anterior e insiste en un lenguaje que limita las posibilidades de que se siga avanzando en la configuración de la nueva subjetividad política. Con este giro ideológico, la Alianza ha demostrado cierta debilidad de espíritu que evoca a las posturas que asumió Muñoz Marín de cara a la elección de 1940. En ambos casos, la moderación y el intento de proyectar un lenguaje menos incómodo, en este caso con Estados Unidos, parecen claves de cara a las acciones de un futuro gobierno liderado por Dalmau. Lejos de asumir un discurso más confrontacional, obviando la oportunidad coyuntural, y mantener ciertas líneas anticoloniales, Dalmau y la Alianza apuestan por un discurso conciliador que descansa principalmente sobre el proyecto muñocista de administrar la colonia, dejando a un lado el cuestionamiento de la relación colonial con Estados Unidos y su responsabilidad sobre la metacrisis (que hoy, bajo las condiciones descritas previamente como de acumulación originaria y una economía política de guerra, representa un claro riesgo existencial: un Puerto Rico sin puertorriqueños).  

De este modo, la Alianza de País se proyecta como el mal menor frente al bipartidismo. Si bien en política hay ocasiones en que se debe escoger inconvenientes menores para proteger de cara al futuro aspiraciones mayores, también hay que reconocer las contradicciones y preguntarse: ¿De cara a qué objetivos estratégicos se deben tolerar giros ideológicos tácticos que respondan a la relación de fuerzas y coyuntura actual? ¿Cuáles son sus plazos y expectativas? ¿A cuáles clases sociales se dirige y apela la campaña y el “banco de talento” aliancista? El que constantemente muchas de las izquierdas y el independentismo electoral eluda el planteamiento de estas preguntas mínimas, se cae en el riesgo evidente de confundir política por mero oportunismo

Ciertamente, la situación política en Puerto Rico es compleja. El país sigue sin alternativas políticas de quiebre. Reina el posibilismo. Las elecciones coloniales no son suficientes, pero también es cierto que el momento es propicio para impulsar líneas que vayan proponiendo cambios más radicales. Esto requeriría adoptar un discurso político más contestatario hacia el poder colonial. Aun cuando la Alianza logre una victoria significativa, se encontrará con una pared: el status político y la metacrisis del modelo colonial. Estas líneas contestatarias no están en ninguna opción política de cara a la gobernación colonial, ya que el PIP – a través de la Patria Nueva – se vació de su contenido independentista y terminó asumiendo la marca o “branding” de MVC.   

Tantas historias. Tantas preguntas. [2] O sobre las preguntas ineludibles 

No es posible emplear métodos de lucha más sofisticados y avanzados que los electorales sin contar con un amplio respaldo popular, disputar hegemonía y luchar por darle contenido a lo que será el nuevo sentido común del bloque histórico en gestación. El problema es ineludible: una transformación social no es viable sin un movimiento popular, una organización política con dirección y sin líneas que profundicen y radicalicen la nueva subjetividad política que – insistimos – se abre paso.  

En estas alturas del juego y de cara a los comicios, optamos por proponer preguntas que emanan de lo planteado hasta aquí, para luego regresar a ellas en un futuro muy cercano. Las enumeramos de la siguiente manera:  

  1. ¿Cómo puede un gobierno encabezado por Juan Dalmau, un independentista, superar las contradicciones desarrolladas en su campaña entre su discurso conciliador y la necesidad de confrontar el colonialismo y la Junta de Control Fiscal? ¿Puede ese gobierno constituirse como un verdadero frente de resistencia nacional ante las agresiones del Congreso de Estados Unidos? 
  1. ¿De qué manera las grietas sistémicas generadas por la crisis colonial y económica pueden ser aprovechadas por el independentismo para articular un proyecto político que desafíe el dominio y la violencia política-económica estadounidense sobre nuestras vidas?  
  1. A partir del momento actual, ¿cuáles objetivos y estrategias deberían adoptar los movimientos independentistas para generar un poder social que vaya más allá de la espontaneidad de las protestas o mediatización de la política electoral? 
  1. ¿Cuáles son los desafíos y limitaciones que enfrentaría un gobierno independentista en Puerto Rico dentro del marco del sistema colonial y las dinámicas del Congreso estadounidense?
  1. ¿Se limitaría un gobierno liderado por un independentista a intentar una mera gestión de la metacrisis
  1. Desde el giro táctico e ideológico del PIP bajo la marca de Alianza de País y su cercanía al Partido Demócrata, ¿se dejará influenciar por la narración hegemónica estadounidense cómo lo han hecho otros gobiernos “progresistas” en América Latina o trazará una ruta alterna fuera de la renovada Doctrina Monroe que se impone a la región?
  1. ¿De qué manera las fuerzas independentistas, en crecimiento, prevenimos que el giro táctico-coyuntural del PIP y la campaña de Dalmau se terminen normalizando y, con ello, subsuman el objetivo histórico y estratégico del independentismo? 
  1. ¿Cómo hacemos valer – más allá de las elecciones – el objetivo histórico del PIP de hacer avanzar y lograr la independencia? ¿Cómo podemos hacer que la perseverancia histórica, admirable y valiosa de militancia de las bases del PIP se refleje y tenga un impacto en la construcción de un poder social más allá del contexto electoral?
  1. ¿Cuál sería la cuota de influencia del Partido Demócrata en las decisiones y posturas que asuma en un hipotético gobierno de la Alianza? ¿Se convertirá ese gobierno en una entidad que facilite la entrada de los intereses empresariales y corporativos que representa el Partido Demócrata (como el ecocapitalismo estadounidense)?  
  1. ¿De qué forma podíamos aprovechar la campaña electoral, y todos los medios a su disposición, para organizar estructuras de base y generar poder social para, de cara al futuro, ayudar a adelantar la independencia? 
  1. ¿Cómo podemos insertarnos, desde la discusión electoral y político partidista, en la lucha de clases para promover alternativas sociales y populares frente a la ofensiva del neoliberalismo colonial? 

Notas al calce

[1] Aquí nos inspiramos en el concepto de estado de excepción verdadero desarrollado por Walter Benjamin en su Tesis sobre la historia. Benjamin utiliza este concepto para describir el conjunto de fuerzas sociales y políticas que son capaces de detener el estado de excepción permanente, violento, genocida del poder de la clase dominante. En contraste, el estado de excepción verdadero es aquel que se desprende de la opresión y dominación.

[2] Tomado del poema de Bertolt Brecht titulado Preguntas de un obrero que lee.

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