Sobre política y alianzas

Por César J. Pérez Lizasuain | Profesor universitario

Impera en el país una narración, particularmente mediática, que parece promover un entendido, algo moralizante y apolítico, sobre la necesidad de que nuestra política corra alrededor de las llamadas “alianzas” entre partidos emergentes para las próximas elecciones a raíz del abigarrado resultado electoral.

Aunque los vientos de cambio son evidentes, no es el tiempo de proclamar alianzas prefabricadas y genéricas cuyo fundamento parecería estar abrazado a un mero ejercicio aritmético. Los números, por sí mismos, no hacen política. En todo caso los números son representaciones de algo, y ese algo necesita ser nombrado, significado, ser dotado de vocabulario y Lenguaje. Ese proceso para apalabrar representaciones es eminentemente social y político. Es el tiempo de la política. Poblamos un país en transición en el que será necesario asumir la vital tarea de luchar por significar y dotar de sentido el momento que nos ocupa. Y hay campo abierto: se enfrentan entre sí diversos marcos referenciales que compiten para significar una etapa de transición que al día de hoy se debate entre lo nuevo y lo viejo. Cosa que el debutante Proyecto Dignidad ha comprendido bien.

No hay que olvidar que el evento más significativo en estas elecciones lo ha sido el avance exponencial del independentismo progresista encarnado en las candidaturas del PIP, especialmente las de Juan Dalmau, María de Lourdes Santiago y Denis Márquez. Además del buen desempeño de una nueva cepa en las figuras de Adriana Gutiérrez, Andrés González, entre otros. Todo esto sin obviar las señas de apertura y los intentos de un renovado discurso. Un PIP que, en palabras de Miguel Rodríguez Casellas, se abre al gozo mientras se ha “queerizado”. El gozo y la cuestión del cuerpo serán indispensables para dotar a ese emergente Lenguaje de “verdad”; es decir, hacerle capaz de relacionarse con la compleja cotidianidad puertorriqueña (aunque sea para incomodarle).

No es de extrañar que el independentismo progresista haya sido la única fuerza social y política que experimentó un real aumento tras las últimas elecciones (600% respecto a la elección anterior). En el fondo creo que éste ha sido reconocido por buena parte del electorado como el único sector en el campo político capaz de pegar un buen golpe de timón en la dirección que lleva el país. En este caso y a partir de estos resultados, toca precisamente hilar y construir ese Lenguaje y acervo político que de cara al futuro haga frente a las políticas colonial-neoliberales de ajustes, privatizaciones, recortes, austeridad y aquellas derivadas de la ilegal deuda y Junta Fiscal (todas éstas predicadas y hechas a imagen y semejanza de Washington y Wall Street). Esa política nueva, necesariamente soberanista e interseccional (pues además es antirracista, feminista y cosmopolita), deberá ir amarrada a un renovado sentido sobre la libertad y la democracia que, como tarea urgente, se proponga refundar al país.

La lucha política por significar lo que está sucediendo requiere, de momento, abrazar la “diferencia” de forma democrática; pero tendremos que aceptar que en ocasiones este proceso será “agonista” y en otras antagónica. Lo cierto es que para avanzar hay que marcar terreno. Ello no quita, sin embargo, que en la compleja realidad legislativa que se hereda del evento electoral, surjan acciones conjuntas en asuntos concretos y puntuales. Pienso en cuatro medidas medulares que deberán ser impulsadas en los primeros 100 días: (1) derogación de la reforma laboral, (2) presentar legislación para detener el financiamiento estatal de la Junta (una medida ya presentada por el PIP en la legislatura), (3) impulsar una reforma electoral y enmiendas constitucionales para democratizar los cuerpos legislativos y ejecutivos, y (4) la aprobación de un paquete económico que atienda las diversas situaciones creadas por la pandemia de la COVID-19. En este último caso, sobre todo, para fortalecer un deficiente sistema de salud y atender la precaria situación de miles de familias y pequeños comerciantes. Aunque habrá que destacar la compleja tarea de predecir el comportamiento futuro de los candidatos electos por el MVC, quienes tendrán que, por un lado, buscar un difícil y delicado balance debido a la heterogénea composición de un partido que agrupa a anexionistas, conservadores, neoliberales y socialistas; y por otro lado, responder a los intereses concretos de quienes han financiado su campaña: la norteamericana SEIU.

En política, las alianzas y consensos son elementos relacionales; es decir, son el resultado dinámico de relaciones de fuerza y poder. No hay que poner la carreta delante de los bueyes. Alianzas, si es que las habrá, se construirán en el camino. Toca, por el momento, entrar en la batalla social por construir nuevo “sentido común”.

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