A propósito de la colonia, el racismo y la soberanía: apuntes para una política del presente

Por César J. Pérez Lizasuain

1. No hay respuestas jurídicas para dirimir nuestra libertad

El Tribunal Supremo de los Estados Unidos (SCOTUS) lo hace claro en la sentencia FOMBPR v. Aurelius Investment emitida de forma unánime el 1 de junio de 2020. Mucho se dirá que la decisión no añade nada a lo que ya va siendo toda una serie sentencias que retrotraen al 1898 la condición jurídica de Puerto Rico respecto a Estados Unidos. En esta ocasión al SCOTUS le ha faltado incluso vocabulario para describir la condición legal de los nombramientos realizados por el Congreso y el Presidente para llenar las posiciones de la Junta de Control Fiscal: “[…] If they are not officers of the United States, but instead are some other type of officer [énfasis mío], the Appointments Clause says nothing about them.” En definitiva, ya no hay burundanga ni categorías jurídicas para describir o tan siquiera intentar justificar la condición de subordinación política al que ha estado sometido Puerto Rico. Somos todo un Twilight Zone tropical.

Sin embargo, esta sentencia no revienta en cualquier momento. El imperio justo se encuentra atravesando unos de sus peores momentos: por vaivenes negligentes es el foco mundial de la pandemia provocada por el COVID-19 mientras que la tasa de desempleo roza el 20%; además vive actualmente la mayor movilización social que se viera desde la década del 1960-1969, debido a la violencia que de modo estructural sufren las comunidades negras en ese país.

1.1 La evolución degenerativa del imperio: colonialismo, anexión y racismo

Hay una conexión entre las semillas que siembras de violencia externa e interinamente.

Cornel West

El imperio hoy expresa hacia sus adentros lo que Aimé Césaire llamó el boomerang effect: se trata de la reproducción proporcional hacia los adentros de las sociedades imperiales de la violencia colonial que emplea fuera de sus fronteras. Dice Césaire:

[…] no one colonizes innocently, that no one colonizes with impunity either; that a nation which colonizes, that a civilization which justifies colonization and therefore force – is already a sick civilization, a civilization which is morally diseased, which irresistibly, progressing from one consequence to another, one denial to another, calls for its Hitler, I mean its punishment.

Césaire publica su “Discurso sobre el colonialismo” poco después de concluida la Segunda Guerra Mundial. La referencia a Hitler no es liviana a través de todo el ensayo. Para este autor Hitler es consecuencia y no causa; no es el brazo que da inicio y lanza por los aires de la historia el boomerang, es en todo caso el cantazo que pega a su regreso. ¿Será este el boomerang del que se aleja y mira tan detenidamente el ángel de la historia de Walter Benjamin? En fin, una de las figuras históricas que no pudieron huir, como el Angelus Novus que inspira a Benjamin, al cantazo que provoca el regreso del boomerang, y del cual él sería una de sus víctimas más prominentes, lo fue Martin Luther King. Poco antes de su asesinato, en el discurso conocido como Beyond Vietnam, se pronunciaba King de manera análoga a Césaire:

If America’s soul becomes totally poisoned, part of the autopsy must read “Vietnam.” It can never be saved so long as it destroys the deepest hopes of men the world over. So it is that those of us who are yet determined that “America will be” are led down the path of protest and dissent, working for the health of our land.

Y añade:

It is with such activity that the words of the late John F. Kennedy come back to haunt us. Five years ago he said, “Those who make peaceful revolution impossible will make violent revolution inevitable.” Increasingly, by choice or by accident, this is the role our nation has taken, the role of those who make peaceful revolution impossible by refusing to give up the privileges and the pleasures that come from the immense profits of overseas investments [énfasis mío]. I am convinced that if we are to get on to the right side of the world revolution, we as a nation must undergo a radical revolution of values. We must rapidly begin the shift from a thing-oriented society to a person-oriented society. When machines and computers, profit motives and property rights, are considered more important than people, the giant triplets of racism, extreme materialism are incapable of being conquered.

Es durante su visita a Puerto Rico en 1962, que King describe sin titubeos la relación entre racismo, colonialismo e imperialismo. Declaraba desde San Germán lo siguiente:

We are all familiar with the old order that is passing away because we have seen it, and we have lived with it, and we have experienced it in all of its dimensions. We have seen the old order in its international dimensions in the form of colonialism and imperialism. […] But not only have we seen the old order in its international dimensions, we have seen the old order in the United States of America [énfasis mío]. 

La violencia al interior de EE.UU., que ha provocado la marginalización estructural y racista de negros y minorías étnicas, es proporcional a la cometida fuera de sus fronteras. No hay forma de dar paso a transformaciones revolucionarias en ese país (ya sean pacíficas o violentas) si al mismo tiempo no se desmantela todo el aparato imperial que acompaña tanto a su gobierno como a la psiquis del estadounidense desde su fundación. De paso, parte del fracaso de la pretendida revolución pacífica que promovía Bernie Sanders se concentra en este aspecto: ni con vara larga pretendía trastocar los valores culturales y los poderes fácticos que sostienen el afán imperial de los Estados Unidos. Tanto Sanders como el resto del Democratic Socialists of America (mayoritariamente blanco) no reniegan del llamado excepcionalismo estadounidense; al contrario, parecerían precisamente promover el restablecimiento del Estado Benefactor mediante un gran pacto nacional en el que se purgarían las culpas y contradicciones internas de la metrópoli mientras se intenta restablecer la diezmada hegemonía estadounidense en el mundo. En fin, la nueva izquierda estadounidense no es anti-imperialista. Sugiere Michael Dawson que históricamente los movimientos progresistas en Estados Unidos:

[C]ould not and cannot face the truth that American democracy is unachievable until racial subordination and exclusion are eliminated from state practices and civil society. They refuse to face this truth and prefer to live with comfortable whitewashed lies about everything from the history of American progressive movements to the current status of blacks in the United States. The failures of progressive movements are due to their inability to escape these comfortable lies. Instead, progressives effectively reinforce neoliberal insistence that discussions of race, like discussions of political regulation of the economy, have no place in modern America.

Y remata diciendo:

Following in Dr. King’s footsteps requires not forgetting, not living with a comfortable amnesia about both the past and the present. It requires recognizing, despite the progress some have made, that rampant injustice remains a normal quotidian fact of American life. I am arguing here, as Michael Rogin did in another context, that the most scandalous failures of the American democracy “owe their invisibility not to secrecy but to political amnesia.” Among the invisible scandals Rogin was calling to mind were the covert actions of imperialism. But just as memory loss sustains the imperial spectacle, it also sustains domestic spectacles, especially in the domain of race in the United States [énfasis mío].

Por esta misma línea habrá que decir que sobran las comparaciones que realizan los liberales blancos y anglosajones cuando invocan a regímenes políticos y manifestaciones sociales en Centro y Suramérica para supuestamente describir el salvajismo que lidera el gobierno gringo. Al hacerlo, reproducen la narración racista y xenofóbica que supuestamente intentan aplacar en su mal logrado país. El abuso racista, la presidencia de Trump, la rampante desigualdad social y el resto de la corrupta élite neoliberal atornillada en ambos partidos mayoritarios son endémicos a esa sociedad. Y no solo eso, esa institucionalización del racismo en Estados Unidos sirve de modo autopoiético como reivindicación, revitalización y reclamación de sus “derechos” imperiales. Es decir, la reproducción del orden racial hacia el interior del imperio es, a su vez, un modo de recargar el brazo opresor que vuelve a lanzar por los aires de la historia el boomerang de Césaire, alcanzando con su vuelo en muchas ocasiones al Sur Global.

Cónsono con el mensaje de King y el boomerang effect de Aimé Césaire podríamos ubicar la situación colonial puertorriqueña. Más aún, siendo nuestra condición colonial motivada y mantenida en parte por prácticas de dominación esencialmente racistas, la misma también ha estado sujeta a la amnesia política que menciona Dawson. Ello explica el por qué la nueva izquierda estadounidense, o los autodenominados socialistas democráticos, no se consideran aliados de la soberanía puertorriqueña. ¿Podrá esa izquierda ser considerada como aliada y además comprometerse con un justo proceso de transición que desemboque en la soberanía? Por el momento esa posibilidad es remota y todo lo que le interesa a esa izquierda se encuentra condicionado a un corto plazo dictaminado por las elecciones presidenciales en noviembre y la posible permanencia de Donald Trump. La anexión vista desde los progresistas en el imperio no es mucho más que un mero oportunismo político travestido de la promesa – con un toque de amnesia – que también se le hiciera a la comunidad negra desde el final de la guerra civil: ciudadanía e igualdad jurídica. Pero conocemos un señor con nombre de Jim Crow. Y a otro con el nombre de ELA. Ya no picamos en el anzuelo.

1.2 El anexionismo es una ideología racista y neoconservadora

La subordinación y violencia política a la que ha estado sometido Puerto Rico es resultado directo de las prácticas racistas motivadas, a su vez, por las prácticas imperiales estadounidenses. El senador independentista Juan Dalmau realizó una especie de genealogía histórica que explica extraordinariamente la relación entre racismo y colonialismo en el caso puertorriqueño y latinoamericano. Dicho sea de paso, si hay algún sector político en la colonia que históricamente se ha solidarizado con las comunidades negras en EEUU, lo ha sido el independentismo.

En la colonia, el fundamento racista que mantiene la subordinación política de nuestro territorio se ha pretendido normalizar, como ha insistido consistentemente el sociólogo José Atiles Osoria, mediante el uso del Derecho y las diversas decisiones judiciales que ha tomado el Tribunal Supremo de Estados Unidos y que datan desde las sentencias racistas de los Casos Insulares, pasando por Puerto Rico v. Sanchez Valle hasta llegar al más reciente con FOMBPR v. Aurelius Investment. Sin embargo, no se ha hablado lo suficiente de otro dispositivo normalizador de la violencia racista y colonial en nuestro país: el anexionismo.

El anexionismo probablemente es el dispositivo normalizador más potente, íntimo e incisivo enraizado en la psiquis del colonizado y que ha sostenido y justificado, ya a un nivel cultural, diversas relaciones de dominación: la patriarcal, la racial, el creciente fundamentalismo religioso y la desigualdad social que se reproduce de forma estructural y que ha hecho del archipiélago el territorio más pobre y desigual bajo el dominio estadounidense. Cuando digo dispositivo no lo digo a la ligera. Por ese término entiendo un tipo de enunciado desde el cual se se emplean una serie de discursos, instituciones (como lo es la policía) y saberes por los cuales incluso se justifican regímenes legales excluyentes o antisociales (como el nuevo Código Civil por ejemplo). No basta con repetir al papagayo el estribillo althusseriano del uso racista de los aparatos del estado y repasar a vuelo de pájaro, o ignorar por completo, el desarrollo ideológico del anexionismo en Puerto Rico

En un primer término, el colonialismo impulsado desde el anexionismo, como lo han apuntalado Fanon, Césaire, Memmi entre otros, tiene una clara consecuencia ontológica: esta ideología se centra en la transformación del alma del sujeto colonizado. Dice la escritora puertorriqueña Ana Lydia Vega:

La despersonalización del individuo sometido no es un producto incidental del proceso sino el efecto de una ideología racista dirigida a legitimar su exclusión [énfasis mío]. Expulsado de la historia, ubicado fuera del juego político efectivo que rige a distancia su vida y la de su pueblo, privado de una educación crítica que le permita conocer su pasado y cuestionar el orden impuesto, se va convirtiendo en un ser de carencia, en una especie de amnésico cultural. Memmi acuña un término clínico para la apatía y el anquilosamiento que reinan en el gueto colonizado: “catalepsia social”.

La intersección entre colonialismo y racismo se halla en el mismo origen de la ideología anexionista o lo que Aarón Gamaliel Ramos llama el anexionismo fundacional. Afirma este autor que:

El interés de que una antigua colonia española se convirtiera en territorio de Estados Unidos obligará a los diferentes actores que recorren la historia del anexionismo puertorriqueño a procurar modos de franquear esa barrera [racial, cultural y étnica] a fin de acomodarse en el sistema político estadounidense. Una de las modalidades, típicas en el anexionismo fundacional, fue la de procurar afirmar la similitudes de la sociedad metropolitana y la puertorriqueña, su blancura, su religiosidad cristiana, y su pertenencia a la cultura occidental [énfasis mío].

Ciertamente, la ideología anexionista sufrió varias transformaciones a lo largo del siglo pasado. Las reconfiguraciones políticas en Estados Unidos, sobre todo el avance, como lo ha explicado Wendy Brown, de la fusión entre un neoconservadurismo de origen blanco y cristiano con la doctrina neoliberal en esa sociedad, han obligado de algún modo a un repliegue del anexionismo a sus raíces fundacionales. Dice Ramos:

Los líderes del anexionismo contemporáneo parecen resignados a abandonar la atención que le dieron sus predecesores a la inserción de una comunidad cultural en el sistema federal estadounidense [refiriéndose a la línea fundada por el autonomismo eurocéntrico de Celso Barbosa]. Ahora parecen interesados en transformar el ordenamiento y las prácticas de gobierno, actuando simbólicamente como si fuera un estado, incrementando el uso del inglés en la gestión pública, gestando un patriotismo identificado con el estado metropolitano, todo ello confiando en el retorno al discurso de las similitudes entre el territorio y su metrópoli les permita reiniciar la ruta tradicional hacia la estadidad.

Se trata de un resurgir del anexionismo fundacional pero, en esta ocasión, puyado en esteroides: hoy la similitud entre territorio y metrópoli depende sobre todo del blanqueamiento de las singularidades culturales y raciales en la colonia, además de arrimar la brasa a la compleja fusión entre el fundamentalismo cristiano y la doctrina neoliberal. Como acertadamente sugiere Ramos, esta ha sido la etapa iniciada por Pedro Rosselló González y que subsiste hasta este momento. Los procesos violentos de acumulación por desposesión y de exclusión social como lo son: la privatización de la sanidad pública, de las telecomunicaciones, de la educación; el desmantelamiento parcial del estado; la desprotección de los recursos naturales; la criminalización de las comunidades negras y pobres (la famosa mano dura contra el crimen inspirada en las doctrinas blancas y estadounidenses del Broken-windows y Zero-tolerance); la desregulación del derecho laboral y la flexibilización en las regulaciones financieras; la despiadada explotación ambiental; y la precarización de la vida en general se escenifican, sin duda, en el contexto de una lucha de clases. Pero también, y este es uno de los puntos centrales que quisiera traer, estas reformas han sido impuestas por el sector anexionista como parte del retorno al discurso – esencialmente racista y colonialista – “de las similitudes [forzadas] entre el territorio y su metrópoli” en el que crecientemente pretenden “reiniciar la ruta tradicional hacia la estadidad” fomentando y haciendo suyo un anacrónico conservadurismo social e imponiendo el libreto racista y anglosajón de la violencia neoliberal.

El anexionismo ha sido y sigue siendo ese dispositivo y por lo tanto no es una fórmula descolonizadora, mucho menos emancipadora y, según se manifiesta en este momento, está muy lejos de ser considerada como una ideología antirracista. Su pretendida defensa y legitimación por varios movimientos sociales y por algunos de los nuevos partidos políticos constituye, a mi modo de ver, una muy pobre (por no decir irresponsable) lectura del momento histórico por el que atravesamos.

2. Solo queda la posibilidad de la política y solo hay política alrededor de un significante: la soberanía

Contrario a cierto determinismo que ha acompañado al independentismo desde hace algún tiempo, un proceso de libre determinación que desemboque en el reconocimiento pleno de la soberanía no llegará por el mero hastío de la metrópoli. Si bien es cierto que el mencionado FOMBPR v. Aurelius Investment no añade mayores novedades a la situación colonial puertorriqueña, al menos desde Puerto Rico v. Sanchez Valle, sí deja claro una cosa: Estados Unidos, siguiendo su anacrónica cultura imperialista y racista, no tiene la intención de mover un dedo respecto a Puerto Rico, más allá de mantener el saqueo económico al que nos someten. ¿Y qué nos queda? Creo que solo queda la posibilidad de la política y solo hay política alrededor de un significante: la soberanía.

Ahora bien, la soberanía no es un péndulo histórico supuesto a aparecer y rescatar a nadie, tampoco es la excusa para buscar el resurgir de cualquier tipo de nacionalismo rancio. No me refiero a la acepción jurídica y nacionalista de la soberanía, puesto que ahí no hay mucho espacio para la política. Mucho menos me refiero a la soberanía como ese engendro moderno que describe Foucault en “Defender la sociedad” cuyo fundamento precisamente ha sido el discurso en donde una super-raza está llamada a defender la sociedad de la amenaza salvaje de una sub-raza; que dio, de este modo, origen a un “…un racismo de Estado: un racismo que una sociedad – dice Foucault – va a ejercer sobre sí misma, sobre sus propios elementos, sobre sus propios productos; un racismo interno, el de la purificación permanente, que será una de las dimensiones fundamentales de la normalización social”.

Entiendo la soberanía como poder social, como origen de una voluntad de vivir de la comunidad según la define Enrique Dussel; la entiendo como principio y fin de un poder popular; como revolución permanente, o mejor, como un vivo poder constituyente que no se conforma con agotarse en el Derecho. En este sentido, propongo hablar de la interacción necesaria entre lo que podríamos llamar una soberanía macropolítica y una soberanía cosmopolita. Sugiero que en el caso puertorriqueño ambas son intrínsecamente complementarias y una no hace sentido sin la otra.

2.1 Soberanía macropolítica

Por soberanía macropolítica entiendo todo lo que comprende la contestación a esta compleja pregunta: ¿Qué lugar tienen hoy las soberanías jurídicas o países independendientes en un mundo cada vez más interdependiente? Habrá que simplificar la contestación para efectos de este escrito y dejando como tarea pendiente problematizar aún más lo que se diga aquí. En términos muy genéricos intento contestar esa interrogante con otra pregunta: ¿Cómo quisiéramos que fuese la relación de nuestro país y sociedad con otros países y sociedades alrededor del mundo?

Otorgando mucho mérito al independentismo y al soberanismo puertorriqueño, cabe decir que ya es parte del sentido común en este país el nefasto efecto que las leyes de cabotaje tienen sobre nuestras vidas y economía. Hay un consenso que ha logrado establecer que para enfrentar la crisis social y económica por la que atravesamos hace cerca de 15 años, la derogación del cabotaje federal es indispensable para lograr acuerdos con otras marinas mercantes alrededor del mundo. Sin la soberanía macropolítica no es posible.

Desde el contexto actual, vale preguntarnos: Para enfrentar la actual crisis provocada por el COVID-19, ¿quisiéramos tener la capacidad y libertad, ya desentendida del CDC y de las trabas del gobierno federal, para poder entablar relaciones mutuas con otros países en el mundo y colaborar en materia médica, científica y económica? Si la contestación es en la afirmativa, no será posible sin la soberanía macropolítica.

Usualmente los detractores de la soberanía puertorriqueña utilizan el argumento que se centra en el desgaste jurídico que la figura de la soberanía experimenta tras el avance de la creciente interdependencia internacional; ciertamente en parte dictaminada por el capitalismo global. Pues bien, creo que la contestación se encuentra implícita en el mismo cuestionamiento. ¡Si hemos de hablar de soberanía macropolítica en el siglo XXI es precisamente para ubicarnos dentro de esa interdependencia y compleja pluralidad internacional! Las opciones no son tan complejas: continuar con la dependencia unívoca, antidemocrática y racista estadounidense o sumarnos al juego complejo de la nueva interdependencia a nivel global. Las lecciones dejadas por las reacciones racistas que recibimos desde el imperio tras el Huracán María, los terremotos y la actual pandemia necesariamente nos llevan a esta conclusión.

Otro punto relevante, es el aspecto que podríamos describir de proteccionista. Se trata de tener la garra política y legal para proteger a nuestros trabajadores y pequeñas empresas. De frenar el monopolio legal, económico y monetario que mantiene Estados Unidos en la producción y circulación de bienes y recursos en el archipiélago. Hace apenas unos días, un colectivo de agricultores se quejaba del maltrato del gobierno colonial y federal que priman el producto externo: afectando precios, competitividad y acceso de los puertorriqueños a productos locales y de calidad. La desventaja competitiva se da en el marco de una subvención de $107 millones que el gobierno federal le otorgó a la empresa Caribbean Produce Exchange que básicamente monopoliza la distribución de viandas y vegetales en el país. Sugiere la prensa escrita que esta es la subvención “más grande en la Isla y de la nación norteamericana en general”. Así, no cabe duda que la soberanía alimentaria es vital dentro del contenido de la soberanía macropolítica.

Tampoco hay que pretender tapar el cielo con la mano, las antiguas colonias mantienen siempre relaciones estrechas con las ex metrópolis. Nuestro caso no es distinto pues viven en ese país cerca de cinco millones de puertorriqueños. La soberanía es también el establecimiento, desde nuestra independencia, de una nueva relación con la antigua metrópoli y sobre todo con la diáspora boricua que allí vive pues este es su país también.

2.2 Soberanía cosmopolita

El pueblo, para mí, es el que tiene que tirarse a la calle, es el que tiene que hacer las reclamaciones. Y para que haga eso necesita personas que lo ayuden a comprender y que le ayuden a organizarse. Y además, que aprendan de ellos también, porque el pueblo [a veces] sabe más [que] el que va a organizarlo. Y que entonces, conjuntamente, se lancen a hacer las reclamaciones, enérgicamente y con todo derecho, que tienen que hacer. […] Porque se hace creer que la sociedad civil está haciendo algo, cuando realmente, no es la llamada sociedad civil, para mí es el pueblo.

Filiberto Ojeda Ríos

Por soberanía cosmopolita me refiero a una versión social y plural del poder popular. Tomo prestado el término “cosmopolita” del sociólogo de origen portugués Boaventura de Sousa Santos. Se trata en esencia de una versión contra-hegemónica de la soberanía eurocentrista que describiera arriba utilizando a Foucault. Parafraseando a Santos, este tipo de soberanía es muy distinta a su versión eurocéntrica y moderna que fue concebida

por las élites políticas con el objetivo de constituir un Estado y una nación con las siguientes características: espacio geopolítico homogéneo donde las diferencias étnicas, culturales, religiosas o regionales no cuentan o son suprimidas; bien delimitado por fronteras que lo diferencian con relación al exterior y lo desdiferencian internamente; organizado por un conjunto integrado de instituciones centrales que cubren todo el territorio; con capacidad para contar e identificar a todos los habitantes; regulado por un solo sistema de leyes; y, poseedor de una fuerza coercitiva sin rival que le garantiza la soberanía interna y externa.

Por el contrario, la soberanía sería cosmopolita porque su su referente constitutivo es la pluralidad inmanente que nace del pueblo, reconocida más allá del estrecho horizonte estatista y jurídico. El jurista puertorriqueño Carlos Rivera Lugo sugiere:

[S]i hay algo que aprender a partir de los cambios paradigmáticos por los que atraviesa la cuestión del poder soberano a través del mundo, tal y como lo hemos presenciado en la América nuestra […], [es que] la descolonización es en el fondo una cuestión de democratización radical de la sociedad pues sólo a partir del pueblo es que se puede potenciar.

No se trata de invocar axiomas jurídicos o meros principios ético-políticos sin sus referentes empíricos. Contrario a las versiones anteriores que ha manejado históricamente el independentismo, sobre todo desde la óptica nacionalista, creo que debemos enfocarnos en esa soberanía informada por un intelecto general; es decir, informada por nuestras luchas, por el contenido político y social que pueda salir de ellas. Por intelecto general me refiero a la producción de saberes sociales y contrahegemónicos puestos en circulación desde y a través de nuestras luchas y que sostenemos en el tiempo por medio del establecimiento de ciertas prácticas sociales.

Tome por ejemplo las dignas luchas que el independentismo acuñó como lo fueron la oposición al ROTC, a las guerras, a la Marina de Guerra estadounidense en Vieques y Culebra, entre otras. Estas luchas, para bien o para mal, estuvieron marcadas al compás del imperio mientras que un valiente independentismo, enfrentando una violenta represión política, contestaba y se organizaba alrededor de éstas. Sin embargo, en el caso de nuestras luchas recientes, y esto es determinante, hay que notar que éstas no han estado marcadas por el compás y el tiempo del imperio y/o el poder colonial. Al contrario, el tiempo-espacio de estas luchas ha estado determinado muy particularmente por diversos y plurales actos de autodeterminación. Estos eventos, animados por nuestros cuerpos y sostenidos en el tiempo por diversas prácticas sociales, han puesto en circulación diversos saberes contrahegemónicos, siendo uno de ellos la apuesta por una democratización radical de lo social: la importancia del encuentro, de las asambleas, de la toma de decisiones colectivas y su ejecución, el manejo mediático del conflicto político, la estética y lenguaje de los movimientos, etc. Dentro de las muchas reivindicaciones que se expresan en estos eventos, sobresale una finalidad política importante y que pretende superar el mero campo simbólico: se lucha para vencer. Ya sabemos y hemos visto al poder de frente y le hemos gritado en la cara: ¡Somos más y no tenemos miedo!

Ciertamente, esto lo hemos gozado y sufrido juntxs y los resultados han sido variados: algunas victorias, otras victorias parciales y en ocasiones también hemos sido derrotados. Sin embargo, hay que reconocer que esta versión de la soberanía niega el estado actual de cosas y de ahí sus posibilidades para la política: siendo el anexionismo contemporáneo el dispositivo ideológico que aglutina la fusión entre fundamentalismo y neoliberalismo, la soberanía podría convertirse en ese significante progresista que antagonice con los poderes fácticos que han promovido una agenda excluyente, racista y neoliberal en Puerto Rico. Como lo vivimos intensamente durante el verano de 2019, el hacer política conlleva una buena dosis de antagonismo; es decir, de tirar la raya y decidir quiénes componemos el “nosotros” y cuáles agentes sociales componen el “ellos” (contra quien se antagoniza). El proceso es sumamente complejo, sin duda, y el tiempo de la revuelta, como el que vemos en EEUU justo en este momento, es desde donde se van configurando las múltiples complicidades. Complicidades que se construyen en el campo de batalla como bien intuía Filiberto. El llamado es, pues, a que el independentismo y el soberanismo puertorriqueño se ubiquen a la retaguardia de un movimiento plural que dispute hegemonía y se lance de lleno a la contienda electoral teniendo como norte: 1) La defensa de ambos tipos de soberanías; y 2) Que tenga como objetivo político derrotar las fuerzas anexionistas, fundamentalistas y neoliberales. El plebiscito convocado para celebrarse durante el próximo mes de noviembre podría ser una buena oportunidad para experimentar con este tipo de política y, a su vez, propinarle un golpe a la anexión, a los intereses fundamentalistas y al poder neoliberal.

Me comentaba un querido amigo: “En Puerto Rico esta tarea es harta difícil puesto que no tenemos ni la organización, ni la fortaleza, ni la cultura política o histórica” que proporcione las condiciones necesarias para ello. Quizás no le falte razón en términos históricos. No me llamo a engaño y mucho menos pretendo llamar a engaño a nadie. A modo biográfico, mi apego teórico a eventos de revueltas se da a raíz de que de forma más o menos consciente reconozco lo jodido que estamos en Puerto Rico para formular una oposición política que sea progresista y soberanista. Pero tengo la convicción de que la historia tampoco puede ser el punto inamovible que capta la mirada del ángel representado en el Ángelus Novus y que tiene espantado, y con mucha razón, al desdichado Benjamin: ese ángel que observa la historia desde la distancia mientras huye por el miedo a que ésta se repita y se convierta en una pesadilla cíclica. Pienso que si hay algo que podemos concebir como “historia”, lo será en todo caso una historia del devenir; más allá de las concepciones lineales y cíclicas que hacen de la historiografía un mito cuasi divino culipandeado por la ventolera de un “…huracán [al] que nosotros llamamos progreso” – por aquello de parafrasear al mismo Benjamin.

Por eso me aferro a las experiencias emergentes que retan el pretendido eterno retorno de la historia. Estas rebeldías aparentemente fugaces o “inmediatas” como les llama Alain Badiou, pero sostenidas a través del tiempo como lo hemos atestiguado durante toda esta década, mantienen latente la memoria y organización social de luchas pasadas y los deseos de transformación que ellas inspiran. La intelectual y activista estadounidense Angela Davis describe este tipo de rebeldías fugaces como “continuidades temporales” que sostenidas en el tiempo pueden ser capaces de crear una especie de “continuidad horizontal”. Dice Davis, al referirse a las luchas antirracistas y abolicionistas, lo siguiente: 

Acknowledging continuities between nineteenth-century antislavery struggles, twentieth-century civil rights struggles, twenty-first century abolitionist struggles—and when I say abolitionist struggles I’m referring primarily to the abolition of imprisonment as the dominant mode of punishment, the abolition of the prison-industrial complex—acknowledging these continuities requires a challenge to the closures that isolate the freedom movement of the twentieth century from the century preceding and the century following.

It is incumbent upon us not only to recognize these temporal continuities but also to recognize horizontal continuities, links with a whole range of movements and struggles today.

En nuestro caso, así lo han demostrado las huelgas estudiantiles, las comunidades autogestionadas, la lucha contra el gasoducto, la resistencia comunitaria en contra de las cenizas en Peñuelas y, finalmente, el verano de 2019: hemos sido capaces de articular un contrapoder imponiendo, a su vez, nuestro compás. Creo que es necesario reconocer con humildad que le debemos esta lógica del tiempo a las dos huelgas estudiantiles de 2010 y 2017. También habría que reconocer la ética militante del independentismo que ha mantenido precisamente presencia e injerencia en las luchas anticoloniales tanto en Puerto Rico como en los Estados Unidos. 

Por otro lado y tras los casi 15 años de desaceleración económica y dos desastres naturales de mayor relevancia, se han documentado valiosas experiencias de autonomía comunitaria (o autogestión) como lo son Casa Pueblo, el Barrio Mariana en Humacao, diversas iniciativas agrónomas como el Proyecto Agroecológico El Josco Bravo, entre otras. Éstas se suman al avance de diversos movimientos ambientalistas, el evidente auge del feminismo, las luchas y lazos solidarios desde la comunidad cuir, entre otros movimientos, que confirman sin ambages que somos capaces de gobernarnos por nosotros mismos. En una entrevista que me concediera Arturo Masol, portavoz de Casa Pueblo, dice lo siguiente: 

A pesar de que nosotros tenemos más de tres mil años de historia en Puerto Rico, los últimos 500 años, y desde que se da la puertorriqueñidad desde finales del siglo XIX, nunca hemos tenido la oportunidad de autodeterminarnos. Así que el país funciona con un gobierno externo que tiene [su propia] agenda y un gobierno local servil que responde a eso. Pero esa agenda no es una agenda nacional, no es una democracia lo que Puerto Rico enfrenta y vive. Ante ese panorama la autogestión se convierte como una forma [organizativa] desde abajo, desde el entorno familiar y comunitario [que] de manera expansiva comienza a tomar control de nuestro propio destino.

En estas manifestaciones sociales hay una semilla anticolonial y anticapitalista que sirve como fundamento material para darle contenido a este tipo de soberanía cosmopolita y fomentar subjetividad política a partir de ésta. En fin, se trata de reconocer y recolectar las experiencias emergentes en nuestro país que orienten y den contenido al significante de la soberanía como una especie de sombrilla o de paradigma capaz de llevar consigo diversas reivindicaciones sociales; incluyendo los necesarios reclamos que abogan por la consolidación de la soberanía tanto alimentaria como la energética. La soberanía cosmopolita en este sentido es una expresión viva de la lucha de clase atravesada por una línea interseccional: pues además es anticapitalista, antirracista, antipatriarcal, feminista, ambientalista, etc.

3. Soberanía cosmopolita y poder constituyente

Sin embargo, justo en este momento y en el caso puertorriqueño, sólo podrá haber política a través del significante de la soberanía si su contenido se mueve hacia la izquierda: si la ubicamos allí en los intersticios de la lucha de clase, en las luchas feministas, anticapitalistas, antirracistas, ambientalistas y comunitarias. La soberanía cosmopolita es, en última instancia, la soberanía de lo Común pues “…la soberanía no le pertenece al Derecho sino al pueblo concreto, según encarnado en lo común. Lo determinante no es hoy, pues, la legalidad sino la legitimidad de cualquier acto. Y la legitimidad se determina crecientemente desde el bien común” comenta Rivera Lugo. De aquí que se escucharan algunas voces durante el verano de 2019 que llamamos a canalizar toda esa rica producción socio-normativa en un proceso constituyente que tuviera como norte la refundación del país.

Ahora bien, no nos engañemos, los independentistas y soberanistas también queremos una soberanía jurídica. Pero lo jurídico, como lo hemos visto a la saciedad, sobre todo a raíz de las últimas decisiones del Tribunal Supremo de Estados Unidos, solo es un parapeto en manos de los poderes de facto. La soberanía macropolítica debe y tendrá que ir acompañada de un proceso constituyente en el que se reconozca necesariamente su contenido sociológico y socio-normativo: se trata del reconocimiento y la coexistencia de múltiples soberanías en un mismo territorio; una especie de constitucionalismo societal como también lo ha mencionado Carlos Rivera Lugo:

[L]a concepción societal o comunitaria es la que guarda una especial pertinencia en lo que se ha llamado el nuevo constitucionalismo latinoamericano, debido a las fuerzas sociales que históricamente, más allá del Estado, lo ha potenciado y la voluntad antiimperialista y transcapitalista que lo ha inspirado. Incluso las lógicas participativas e igualitarias que le son determinantes ponen sobre el tapete el tránsito desde un proceso social constitutivo hegemonizado por el Estado, a un proceso constitutivo hegemonizado por la comunidad, la comuna, los movimientos, es decir, las fuerzas motoras vivas de la nueva posibilidad abierta para el cambio revolucionario [énfasis mío].

Otro rasgo determinante de este tipo de soberanía cosmopolita lo sería su carácter radical y permanente pues no se agotaría en el Derecho. Por su parte dice Santos:

[L]a voluntad constituyente de las clases populares, en las últimas décadas, se manifiesta en el continente a través de una vasta movilización social y política que configura un constitucionalismo desde abajo, protagonizado por los excluidos y sus aliados, con el objetivo de expandir el campo de lo político más allá del horizonte liberal, a través de una institucionalidad nueva (plurinacionalidad), una territorialidad nueva (autonomías asimétricas), una legalidad nueva (pluralismo jurídico), un régimen político nuevo (democracia intercultural) y nuevas subjetividades individuales y colectivas (individuos, comunidades, naciones, pueblos, nacionalidades). Estos cambios, en su conjunto, podrán garantizar la realización de políticas anticapitalistas y anticoloniales.

En el caso puertorriqueño se trata, por aquello de tomar prestado el concepto que ha desarrollado la izquierda independentista vasca, de una soberanía de izquierdas con la capacidad de llevar un contenido variado (aunque no cualquiera) en el que quepan diversas reivindicaciones sociales, políticas, económicas y culturales; además que pueda reconocer la vigencia de los derechos sociales que han sido suspendidos por el estado neoliberal.

En fin, se trata de intentar leer el presente y de la inconformidad, al menos personal, con algunas estrategias pasivas que ha adoptado el independentismo y el soberanismo en tiempos recientes: no hay que sentarse a esperar por el Congreso, tampoco hay que esperar a que el imperio rechace explícitamente la anexión. Al contrario, creo, como lo creía Filiberto Ojeda Ríos en el 2005, que es el momento de la política, de salir a la ofensiva y afrontar el problema de la subjetividad y la hegemonía.

No pierdo las esperanzas – dice Filiberto – de que en algún momento suceda […]. [N]osotros apoyamos esa tendencia, de trabajar con las comunidades, trabajar con los problemas del pueblo, trabajar con todas las necesidades del pueblo. […] Eso me dio esperanzas.

Photo by Clay Banks on Unsplash

*Imagen de portada / Photo by Lawrence Eaton on Unsplash

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